Cada 8 de septiembre, Argentina celebra el Día de la Agricultura y del Productor Agropecuario. La fecha tiene un origen concreto: el 8 de septiembre de 1856 se fundó Esperanza, en Santa Fe, considerada la primera colonia agrícola del país. En 1944, mediante el Decreto 23.317, se estableció oficialmente ese día como el Día Nacional de la Agricultura y del Productor Agropecuario.
Casi 170 años después, la agricultura continúa siendo una de las actividades centrales de la economía argentina. La campaña 2025/26 alcanzó una producción récord de 163,2 millones de toneladas de granos. Y entre enero y julio de 2026, las exportaciones agroindustriales llegaron a 74,3 millones de toneladas por un valor de USD 32.507 millones.
Son cifras que muestran la dimensión del sector, aunque detrás de cada una hay una realidad mucho más compleja. Cada campaña exige decisiones sobre costos, clima, mercados, tecnología y manejo de los cultivos. El resultado no depende de una sola variable. En ese contexto, pensar el futuro del agro implica preguntarnos cómo podemos ganar eficiencia y capacidad de adaptación sin perder de vista a quienes están todos los días frente a un lote.
Cuando hablamos de innovación agrícola, solemos pensar en maquinaria, sensores, datos, imágenes satelitales o inteligencia artificial. Todas esas herramientas están cambiando la forma de producir. Pero hay otra frontera de innovación que no siempre vemos: la biología.
El suelo es un ecosistema en el que conviven raíces, nutrientes, agua y microorganismos. Algunos de ellos desarrollaron capacidades extraordinarias para sobrevivir en ambientes donde las condiciones son extremas.
La Puna argentina es uno de esos lugares. La combinación de aridez, salinidad, radiación ultravioleta, grandes variaciones de temperatura y escasez de agua genera un ambiente exigente. Sin embargo, allí la vida persiste y se adapta. Esa capacidad fue el punto de partida de una pregunta que todavía guía nuestro trabajo: ¿qué podemos aprender de esos microorganismos?
Hace más de 25 años comenzamos a estudiar los ambientes extremos de la Puna y los microorganismos asociados a plantas capaces de desarrollarse allí. Con el tiempo, esa investigación se convirtió en una plataforma para desarrollar soluciones biológicas destinadas a la agricultura. Prospectamos, aislamos y caracterizamos microorganismos extremófilos para comprender sus capacidades y explorar de qué manera pueden convertirse en herramientas para los cultivos. La Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca los incluyó como un caso de innovación dentro del sector AgTech.
Para nosotros, esa experiencia demuestra algo que trasciende nuestro propio trabajo. La biodiversidad puede ser una fuente de conocimiento y, cuando ese conocimiento se combina con investigación y desarrollo, puede transformarse en tecnología. En tres campañas comerciales, nuestras soluciones alcanzaron más de 800.000 hectáreas en Argentina, Brasil, Paraguay y Estados Unidos, según el mismo informe oficial sobre AgTech.
Pero llegar desde el laboratorio hasta el campo requiere mucho más que un descubrimiento. Hay que probar, medir, ajustar y volver a probar. Hay que entender las necesidades de quienes producen y comprobar que una solución pueda responder a condiciones reales. Ese proceso es el que convierte una investigación en una herramienta con utilidad productiva.
Una tecnología agrícola tiene valor cuando ayuda a resolver un problema concreto, mejora un proceso o permite aprovechar mejor los recursos. Y ese impacto no queda limitado a un establecimiento: puede extenderse a trabajadores, proveedores, industrias, servicios y comunidades vinculadas con la actividad agropecuaria.
Argentina tiene una oportunidad en ese vínculo entre ciencia y producción. El país cuenta con una tradición agropecuaria construida durante generaciones y con investigadores que desarrollan conocimiento en áreas de frontera. Lo que necesitamos es fortalecer el camino que conecta esos dos mundos y conseguir que más conocimiento llegue al campo en forma de soluciones concretas.
El 8 de septiembre es una buena fecha para reconocer a quienes producen y sostienen una actividad decisiva para nuestro país. También para mirar hacia adelante. La agricultura que viene va a necesitar tecnología, pero también conocimiento para entender mejor los procesos que ocurren en un suelo, en una planta y alrededor de sus raíces.
Una parte de ese conocimiento todavía está por descubrirse. Nosotros elegimos buscarlo en uno de los ambientes más extremos de la Argentina.
Por Franco Martínez Levis, cofundador y CEO de Puna Bio



