El mapa secreto que redefine la vitivinicultura del norte argentino

Jujuy, Tucumán, Salta y Catamarca suman bodegas, nuevos productores y vinos de altura que consolidan al Norte como una región con identidad propia dentro de la industria vitivinícola argentina.

Durante años, el vino argentino tuvo un centro de gravedad en Cuyo. Ahora, mientras Mendoza y San Juan mantienen el liderazgo de la industria, el Norte empieza a ganar espacio con nuevos productores, bodegas boutique y proyectos familiares que encuentran en la altura, el clima y la diversidad de sus territorios una oportunidad para elaborar vinos con identidad propia.

La escala todavía es pequeña, pero el crecimiento se puede medir. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), en 2024 la Región Noroeste llegó a 95 bodegas elaboradoras, frente a las 77 registradas en 2015, lo que representa un aumento del 23,4%. Salta concentra 45 establecimientos, Catamarca 17, Jujuy 10 y Tucumán 5.

 “El norte medio lo podemos segmentar en Tucumán, Catamarca, Salta y Jujuy. La verdad es que todas tienen condiciones bastante distintas”, explica la sommelier Pía Graziosi. Esa diversidad es justamente uno de los principales atractivos de una región donde la vitivinicultura empieza a ganar protagonismo también como experiencia turística y gastronómica.

En algunos de sus valles, además, los viñedos desafían condiciones extremas y alturas que superan los 3.000 metros sobre el nivel del mar. El resultado son vinos que encuentran en la amplitud térmica, la radiación solar, los suelos y la escasez de lluvias algunas de las claves para construir perfiles diferentes.

A primera vista, pensar en Jujuy dentro del mapa del vino puede sonar a novedad, pero la provincia esconde una diversidad geográfica asombrosa en apenas un centenar de kilómetros. Allí conviven dos escenarios productivos con características muy diferentes.

En la Quebrada de Humahuaca, la altura y un clima más frío condicionan el desarrollo de las uvas. Las pocas horas de exposición solar y las características de la temporada de lluvias terminan de definir un perfil particular.

“Tienen ese color potente del vino del norte, pero en boca lo que destaca es mucha frescura y, para mí, lo más interesante es la textura”, señala Graziosi, quien impulsa la Ruta del Vino en Jujuy. El resultado son vinos de montaña, con perfiles aromáticos donde aparecen notas herbales vinculadas con el monte.

Más abajo aparecen los Valles Templados, cerca de San Salvador de Jujuy, con viñedos ubicados aproximadamente entre los 1.000 y 1.600 metros sobre el nivel del mar. El paisaje es más verde, húmedo y cálido, y la cosecha puede comenzar en enero y febrero, antes que en la Quebrada.

La zona sumó además un reconocimiento clave para su desarrollo. En 2025, el INV reconoció y registró a Valles Templados como Indicación Geográfica, al considerar que sus terruños presentan características distintivas y condiciones aptas para producir vinos de calidad.

El crecimiento jujeño tiene también una dimensión concreta. La provincia pasó de dos bodegas elaboradoras en 2015 a diez en 2024. En cuanto a la superficie cultivada, el salto resulta todavía más marcado: pasó de 12 hectáreas en 2014 a 73 en 2023, mientras que los viñedos crecieron de 13 a 38.

Aunque pioneros como Dupont llevan más de dos décadas abriendo camino, y nombres como Claudio Zuccardi, con Viñas Zuccardi; El Perchel, de la familia Vargas; y Amanecer Andino, de los González, sostienen proyectos de larga trayectoria, el verdadero boom llegó en los últimos años y estuvo acompañado por una fuerte apuesta local.

“Explotó hace cuatro años y casi todos los proyectos son de familias jujeñas que les va bien y apuestan por su tierra. Son proyectos chicos y muy lindos”, resume Graziosi. Detrás de las nuevas etiquetas aparecen así familias y pequeños productores que encontraron en la vitivinicultura una forma de desarrollar proyectos propios y, al mismo tiempo, poner en valor el territorio.

La escala, lejos de ser un obstáculo, empieza a convertirse en parte de la identidad de este nuevo destino. Bodegas pequeñas, producción artesanal y propuestas vinculadas al paisaje permiten que el vino se integre con otras experiencias de la provincia, desde la gastronomía hasta el turismo de montaña.

Hacia el sur aparecen los Valles Calchaquíes, una de las grandes regiones vitivinícolas de altura de la Argentina. El valle atraviesa territorios de Salta, Tucumán y Catamarca y reúne condiciones que favorecen una vitivinicultura marcada por la altura, la amplitud térmica y la baja humedad.

“Los vinos del norte tienen esa capacidad de poder transmitir unos aromas bien intensos y se sienten mucho en boca, principalmente por la amplitud térmica que se manifiesta casi hasta a veces en 22 grados entre el día y la noche”, detalla Silvia Gramajo, sommelier internacional y propietaria de la bodega tucumana Luna de Cuarzo.

En este territorio, el Torrontés funciona como una de las grandes cartas de presentación del vino norteño. “La mayor expresividad del Torrontés se da en esta zona del Valle Calchaquí”, afirma Gramajo.

La variedad también mantiene una presencia relevante en el mercado argentino. Según el INV, el Torrontés suma 8.392 hectáreas en el país y en 2024 se comercializaron 192.030 hectolitros, un 22,9% más que el año anterior. El 25% de ese volumen tuvo como destino los mercados externos, con presencia en más de 50 países.

Pero el Torrontés no es la única expresión del territorio. El clima seco y soleado permite también desarrollar vinos dulces naturales y de cosecha tardía, con racimos que pueden permanecer en la planta durante largos períodos y concentrar naturalmente sus azúcares.

La altura y la amplitud térmica completan un conjunto de condiciones difícil de replicar en otras regiones. Allí, la vitivinicultura encuentra una herramienta para construir vinos intensos, aromáticos y con una marcada identidad de origen.

Salta continúa siendo el principal polo productivo del NOA y concentra casi la mitad de las bodegas elaboradoras de la región. Cafayate funciona como su gran emblema, aunque el mapa salteño se extiende por otros territorios y proyectos que siguen explorando las posibilidades de los vinos de altura.

Catamarca, por su parte, completa este corredor vitivinícola con zonas productivas como Tinogasta, Belén, Santa María y Pomán, donde conviven tradición, pequeños productores y nuevas experiencias vinculadas al vino.

El Norte todavía está lejos de competir con Mendoza y San Juan en volumen, pero esa no parece ser su apuesta. Su oportunidad está en los vinos de altura, los pequeños productores, las variedades con identidad y una experiencia que combina vino, paisaje y gastronomía.

De Jujuy a Tucumán, pasando por Salta y Catamarca, el Norte empieza así a ocupar un lugar propio en la vitivinicultura argentina. No busca convertirse en el próximo Cuyo, sino construir algo diferente: un destino enológico donde la geografía extrema, los nuevos proyectos y la identidad de cada valle forman parte de un mismo producto.

El enoturismo es un pilar fundamental de nuestra oferta. La sinergia entre los productores locales, los organismos internacionales y el Estado nos permite seguir elevando los estándares de calidad de nuestras bodegas, generando una cadena de valor que beneficia de forma directa a la gastronomía, el empleo y el desarrollo de nuestros valles.

Por Graciela Soto