Más allá de la escala industrial, pequeños productores de La Rioja redefinen el valor del terroir a través de la agroecología, la innovación en formatos como el Bag in Box y una profunda identidad territorial. Un recorrido por Tierrita Roja y Cántaro, dos proyectos de autor que transforman la vitivinicultura.
Reinventar la tradición: un nuevo trazado en el mapa del vino
En el mapa vitivinícola argentino, La Rioja está experimentando una silenciosa pero contundente revolución impulsada por pequeños productores. Distantes de las lógicas de la gran escala industrial, los proyectos artesanales y de autor redefinen el valor del terroir riojano a través de la identidad, el respeto por la tierra y una notable capacidad de adaptación comercial.
Dos proyectos paradigmáticos ilustran con claridad este fenómeno: Tierrita Roja, impulsado por Gonzalo “Talo” Pérez en Los Palacios, y Cántaro, en Pinchas, la propuesta agroecológica liderada por Agustina Molina y Diego Frescura. Ambas iniciativas encarnan la pasión de quienes eligieron la provincia para hacer del vino un proyecto de vida.
Tierrita Roja: la identidad del terruño y la agilidad comercial
A tan solo 60 kilómetros del Parque Nacional Talampaya se gesta Tierrita Roja. Talo, su hacedor, es un bonaerense e ingeniero en producción animal que llegó a la provincia hace dos décadas. Aunque su formación profesional estaba volcada al sector ganadero, la convivencia directa con una comunidad de arraigada tradición vitícola lo atrapó por completo.
“Yo no era tomador de vino. Pero llegué a una zona netamente vitícola y aprendí el oficio, el arte y la costumbre de elaborar. Me enamoré de este mundo”, confiesa Gonzalo, quien lleva más de 15 años elaborando vinos de autor.
En su pequeña viña propia cultiva Torrontés Riojano y Cabernet Franc, con los que elabora ejemplares secos de gran expresión aromática. Registrado en el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) bajo la categoría de Vino Casero, el proyecto rinde en su etiqueta un tributo visual directo al paisaje: las siluetas del Cerro Colorado —formación de similar origen geológico que Talampaya— adornan sus envases.
Frente a las exigencias de la coyuntura económica y las fluctuaciones del turismo regional, Gonzalo redefinió con agilidad su modelo de negocio. Para cuidar márgenes y llegar directo al consumidor final, apostó al formato Bag in Box. Este sistema de empaque no solo preserva la calidad del vino, sino que facilita el despacho por encomienda a locales gastronómicos y clientes particulares de todo el país, esquivando la intermediación tradicional.
Cántaro: agroecología, altura y compromiso medioambiental
En esa misma sintonía de arraigo e innovación sustentable se posiciona Cántaro, el proyecto vitivinícola artesanal llevado adelante por Agustina Molina y Diego Frescura. Agustina dejó Córdoba para compartir con Diego “la cautivante historia viva del vino que hay en La Rioja”. Con una clara filosofía de respeto por el ecosistema, la pareja apuesta por la agroecología como pilar fundamental, cuidando cada etapa del viñedo sin recurrir a insumos sintéticos que alteren la biodiversidad local.
Molina resalta, además, el valor de este recambio generacional:
“En estos últimos años hubo un resurgimiento muy grande de generaciones medias de productores y productoras”.
El alma de Cántaro radica en un Malbec de altura de perfil fresco y sincero, donde las amplitudes térmicas y la luminosidad de los valles riojanos quedan impresas en la copa. Agustina y Diego conciben la elaboración como un diálogo directo con la naturaleza: intervenciones mínimas en bodega para que la fruta sea la verdadera protagonista.
Además de su perfil enológico, Cántaro representa el valor de la agricultura consciente y el turismo de experiencia de pequeña escala. Al igual que Tierrita Roja, demuestra cómo los proyectos de autor construyen relatos auténticos capaces de conectar emocionalmente con un consumidor cada vez más exigente, enfocado en el origen, la sustentabilidad y el consumo ético.
Resiliencia con alma de terroir
Tanto Tierrita Roja como Cántaro son el reflejo de una vitivinicultura resistente y viva. En un contexto desafiante para la industria del vino en Argentina, estas historias demuestran que la escala artesanal, lejos de ser una limitación, es una oportunidad para ofrecer vinos con alma, identidad territorial y un compromiso genuino con el paisaje riojano.
Por Graciela Soto



